Misiva de un juez del Instituro Federal Electoral. Elecciones de 2012
Señoras y señores miembros del consejo.
Estamos a punto de concluir el computo de la eleccion presidencial del presente año.
Creo que los resultados que arroja el 95.5% de este computo nos indica varias cosas. Pero entre ellos y como preambulo de su interpretacion quisiera decir lo siguiente.
Dicen los viejos curistas que aprendieron de sus maestros que a su vez aprendieron ade sus maestros y asi hasta su antiguedad. Que lo que no consta en actas no es de este mundo. Yo creo sin embargo qque lo que consta en actas, no siempre es parte del mundo. Y tambien creo que aunque las actas son parte de este mundo, el mundo es muchisimo más amplio, que lo reducido de los textos de las actas. Lo que ha examinado este instituto en estos dos dias y pico han sido las actas de una elección que es producto de una accion politica largamente ejecutada consciensudamente llevada a cabo en la que una serie de factores bien organizados a traves de lo medios de comunicacion más influyentes, a traves de los financiamientos más ilicitos que se hayan llevado a cabo, a través de una práctica que no consiste en la manipulación de los votos en las casillas sino consiste en la compra de los votos y en la presión de los electores, sólo en la medida necesaria. Cuando se denuncia la compra y coacción de votos, se responde que es imposible comprar 5 mill de votios, pero ¿quién habla de eso?..., se habla de los margenes necesarios de aquella parte indispensable para dirimir una contienda, esa que se conoce... que se conoce desde antes o que se preveee por las personas más doptas en la interpretacion de las situaciones politicas...
Esto que dicen las actas apunta hacia el reentronamiento del Priísmo. Y el candidato del priísmo ha dicho que ha ganado Mexico, pero no se trata de una conpetencia de futbol internacional, sino de la vieja idealogía que considera que el Priísmo es México. Esa idealogía es la que esta presente, es la que operó en la eleccion, es la que se esta imponiendo en las actas...
Es el priísmo excrecencia de la historia de México, chorrea sangre y lodo por todos sus poros, es la mayor verguenza de la historia contemporanea nacional. Es la corriente que creo la estructura oligargica y monopolista que ha condenado al país a una situacion de atraso y de pobreza, mientras otras naciones lograron despegar y lograron crecer, México siguio desde antes del fobaproa y con la carga de un millón de millones de pesos sobre las espaldas del pueblo, para poder cubrir deudas privadas con contribuciiones del pueblo. Una situación economica de atraso, de dependencia bien cuidada durante los ultimos 12 años bajo la misma estructura por los complices y amigos de esa estructura oligárgica de esas deudas imposibles de pagar como las del fobaproa, de esos inmensos trinquetes sobre las espaldas de nuestro pueblo y de esa estructura de poder ilegítima al margen de las instituciones públicas. Si es el conservadurismo y es la derecha de dos cabezas la que proclama hoy su victoria. La historia por fortuna rebasa las expectativas de vida de cualquiera, y las cosas por hacer siempre seran mas que las ya hechas...
No hay manera no hay forma de poder detener estos inmensos poderes más que con la continuacion del esfuerzo por romperlos. No hay forma de que la politica del pobrecimiento no se revierte en votos a favor del empobrecedor mediante la compra y la coaccion, más que con "La Rebelión de Los Sometidos". Y esa es la vía... ese es el camino...eso es lo que hay que hacer. Y esa es la mayor enseñanza de esta elección.
Pablo Gomez
Citas
miércoles, 11 de julio de 2012
martes, 1 de mayo de 2012
La Amenaza de la Violencia Sin Sentido en Los E.U. Discurso Robert F. Kennedy

Este es un momento de vergüenza y dolor. No es un día para la política. He guardado esta oportunidad, mi único evento de hoy en día, hablar un momento con usted acerca de la amenaza de la violencia sin sentido en los Estados Unidos que a su vez las manchas de nuestra tierra y cada una de nuestras vidas.
No es la preocupación de cualquier raza. Las víctimas de la violencia son en blanco y negro, ricos y pobres, viejos y jóvenes, famosos y desconocidos. Ellos son lo más importante de todo, los seres humanos a los que otros seres humanos amados y necesitados. Nadie - no importa donde vive o lo que hace - puede estar seguro de que sufren de algún acto insensato de derramamiento de sangre. Y sin embargo, sigue y sigue y sigue en este país nuestro.
¿Por qué? Lo que ha logrado nunca la violencia? ¿Qué tiene que jamás se haya creado? No causa mártir ha sido silenciado por la bala de un asesino.
No hay errores alguna vez ha sido corregido por disturbios y desórdenes civiles. Un francotirador es sólo un cobarde, no un héroe, y una turba incontrolada, incontrolable, es sólo la voz de la locura, no la voz de la razón.
Siempre que la vida de cualquier estadounidense es tomada por otro norteamericano innecesariamente - si se hace en el nombre de la ley o en el desafío de la ley, por un solo hombre o de una pandilla, a sangre fría o en la pasión, en un ataque de violencia o en respuesta a la violencia - cada vez que nos desgarran el tejido de la vida que otro hombre ha dolorosamente y torpemente tejido para sí mismo y sus hijos, toda la nación se degrada.
"Entre los hombres libres", dijo Abraham Lincoln, "no puede haber una apelación exitosa de la boleta de la bala, y los que toman dicho recurso está seguro de perder su causa y pagar los costos."
Sin embargo, nos parece tolerar un nivel creciente de violencia que ignora nuestra común humanidad y nuestras demandas a la civilización por igual. Nos calma aceptar los informes periódicos de la masacre civil en tierras lejanas. Glorificamos asesinato en las pantallas de cine y televisión y lo llaman entretenimiento. Hacemos que sea fácil para los hombres de todos los matices de la cordura para adquirir todas las armas y municiones que deseen.
Con demasiada frecuencia, honramos arrogancia y fanfarronería y detentadores de la fuerza, con demasiada frecuencia que excusar a los que están dispuestos a construir sus propias vidas en los sueños destrozados de otros. Algunos estadounidenses que predican la no violencia en el extranjero no la practican aquí en casa. Algunos de los que acusan a otros de incitación a disturbios que por su propia conducta les invitó.
Algunos buscan chivos expiatorios, otros buscan conspiraciones, pero esto es muy claro: la violencia engendra violencia, la represión trae venganza, y solo una limpieza de toda nuestra sociedad puede eliminar esta enfermedad de nuestra alma.
Porque no hay otro tipo de violencia, más lento pero igual de destructivos mortal como el tiro o una bomba de la en la noche. Esta es la violencia de las instituciones, la indiferencia y la inacción y la lenta decadencia. Esta es la violencia que aflige a los pobres, que las relaciones entre hombres venenos, ya que su piel tiene colores diferentes. Esta es la destrucción lenta de un niño por hambre, y las escuelas sin libros y los hogares sin calefacción en el invierno.
Esta es la ruptura del espíritu de un hombre, al negarle la posibilidad de presentarse como un padre y como un hombre entre otros hombres. Y esto también afecta a todos nosotros.
No he venido aquí a proponer una serie de recursos específicos, ni existe un único conjunto. Para una descripción amplia y adecuada que sabemos lo que debe hacerse. Cuando le enseñas a un hombre a odiar ya temer a su hermano, cuando se le enseña que él es un hombre de menor a causa de su color o sus creencias o de las políticas que persigue, cuando se le enseña que aquellos que difieren de los que amenazan su libertad o su trabajo o su familia, entonces usted también aprender a enfrentarse a otros no como conciudadanos sino como enemigos, que deben cumplir no con la cooperación, sino con la conquista, para ser sometido y dominado.
Aprendemos, en el pasado, mirar a nuestros hermanos como los extranjeros, los hombres con los que compartimos una ciudad, pero no de una comunidad, hombres ligados a nosotros en la vivienda común, pero no en un esfuerzo común. Aprendemos a compartir sólo un temor común, sólo un deseo común de retirar el uno del otro, sólo un impulso común para cumplir su desacuerdo con la fuerza. Por todo esto, no hay respuestas definitivas.
Sin embargo, sabemos lo que debemos hacer. Se trata de lograr la verdadera justicia entre nuestros conciudadanos. La cuestión no es qué programas debemos tratar de adoptar. La cuestión es si podemos encontrar en nuestro propio medio y en nuestros corazones que el liderazgo del propósito humano, que se reconocen las terribles verdades de nuestra existencia.
Debemos admitir la vanidad de nuestras falsas distinciones entre los hombres y aprender a encontrar nuestro propio avance en la búsqueda de la promoción de los demás. Hay que reconocer en nosotros mismos que el futuro de nuestros propios hijos no puede construirse sobre las desgracias de los demás. Debemos reconocer que esta corta vida no puede ser ennoblecida o enriquecidos por el odio o la venganza.
Nuestra vida en este planeta son demasiado cortos y el trabajo que se hará demasiado grande como para dejar que ese espíritu prospere por más tiempo en nuestra tierra. Por supuesto que no se puede vencer con un programa, ni con una resolución.
Pero tal vez podamos recordar, aunque sólo sea por un momento, que los que viven con nosotros son nuestros hermanos, que comparten con nosotros el mismo momento de la vida corta, que buscan, como nosotros, nada más que la oportunidad de vivir su vive en el propósito y en la felicidad, ganando lo que la satisfacción y cumplimiento que puedan.
Sin duda, este vínculo de la fe común, este vínculo de la meta común, puede empezar a enseñarnos algo. Ciertamente, podemos aprender, por lo menos, a mirar los que nos rodean como semejantes, y seguramente podemos empezar a trabajar un poco más difícil de curar las heridas entre nosotros y convertirse en nuestros hermanos y compatriotas propios corazones una vez más.
Bobby Kennedy
miércoles, 25 de abril de 2012
El Malcriado de Kevin Carter...
No se debería de desesperado. Una de las fotos se publicó en la portada de The New York Times y acabó ganando un premio Pulitzer. Pero incluso así se desesperó. Y mucho. El hombre blanco era un fotógrafo llamado Kevin Carter. A los dos meses de recibir el premio en Nueva York se suicidó.
Hay dos preguntas. La primera, ¿por qué se suicidó? La segunda, ¿por qué no ayudó a la niña? La respuesta a la primera es relativamente fácil. La respuesta a la segunda es más interesante. Remontemos.
Kevin Carter nació en Suráfrica en 1960, dos años antes de que Nelson Mandela empezara su condena de 27 años de cárcel. Al llegar a la adolescencia empezó a entender que ser blanco en Suráfrica significaba ser una de las personas más privilegiadas de la Tierra y, al mismo tiempo, cómplice de una atroz injusticia. Cumplidos los 24 años, Carter descubrió que el periodismo era el terreno donde libraría su guerra particular contra el apartheid.
Comenzó su carrera en 1984, cuando las poblaciones negras en las periferias de las grandes ciudades -como Soweto, que estaba al lado de Johanesburgo- se convirtieron en campos de batalla. Jóvenes militantes negros, cuya única fuerza residía en su ventaja numérica, lanzaban piedras a los policías y a los soldados, que respondían con gases lacrimógenos, balas de goma o balas de verdad. Cientos murieron, miles fueron encarcelados. Soweto ardía, y allá, casi permanentemente instalado, estaba Carter, fotógrafo novato de The Johannesburg Star, expiando su culpa.
La gran ironía de la historia reciente de Suráfrica es que cuando salió Mandela de la cárcel en 1990, cuando empezó el proceso de paz que condujo cuatro años después a la democracia, se desató una violencia mucho mayor. Durante casi la totalidad de aquellos cuatro años, Soweto y otra media docena de poblaciones negras en los alrededores de Johanesburgo vivieron una anarquía asesina demencial, nutrida por opositores al proyecto democrático, en la que murieron unos 12.000. Allí, una vez más, estaba Carter. Todos los días. Se presentaba temprano por la mañana a los campos de la muerte, como se presentan los oficinistas a sus lugares de trabajo.
Yo también me presentaba allí, pero con menos frecuencia y más tarde. Siempre que llegaba a estos lugares, en pleno tiroteo o minutos después de una masacre, ahí veía a Kevin Carter, sudado, polvoriento, bolso sobre el hombro, cámara en mano. A él y a sus tres amigos fotógrafos, Ken Oosterbroek, Greg Marinovich y João Silva. Les llamaban a los cuatro “el Bang Bang Club”. Hacían fotos espeluznantes y se exponían a peligros extraordinarios. Yo había llegado a Suráfrica en 1989 tras seis años cubriendo las guerras de Centroamérica. Vi pronto que daba mucho más miedo estar en 1992 en un lugar como Tokoza o Katlehong, a escasos kilómetros de Johanesburgo, que en 1986 en los frentes del oriente de El Salvador o el norte de Nicaragua. Porque en los lugares donde los negros, animados por los blancos, se masacraban podía pasar cualquier cosa en cualquier momento y en cualquier lugar. Con un Kaláshnikov, una lanza, un machete o una pistola. Ahí trabajaba Carter. Ahí se pasaba desde las cinco de la madrugada hasta el mediodía haciendo fotos de gente matando y de gente muriendo.
Kevin fotgrafiado por su colega Ken.
Para poder hacer ese trabajo es necesario blindarse, armarse de una coraza emocional. No se puede responder a lo que uno ve como un ser humano normal. La cámara funciona como una barrera que lo protege a uno del miedo y del horror, e incluso de la compasión. Carter y sus tres camaradas dormían poco, además, y consumían drogas de todo tipo. Pasaban sus días y sus noches en un acelere mental y en un estado de anestesia emocional casi permanentes. Si se hubiesen detenido un instante a reflexionar sobre lo que hacían, si hubiesen permitido que los sentimientos penetraran la epidermis, habrían sido incapaces de hacer su trabajo. El entorno era alocado, pero el trabajo era importante. Si se hubieran quedado en sus casas o se hubieran expuesto a menos peligro, habría habido más muertos, menos presión política para acabar con la violencia. Ésta era la contribución de Carter a la causa de sus compatriotas negros.
En marzo de 1993 se tomó unas vacaciones de Tokoza y Katlehong y se fue a Sudán. Ahí, apenas aterrizar, es donde vio a la niña y el buitre. Respondió con el frío profesionalismo de siempre. No habría podido elegir otra manera de actuar. Estaba programado, anonadado. El único objetivo era hacer la mejor foto posible, la que tuviera más impacto. Ahí empezaba y terminaba su compromiso. La lógica era muy sencilla: si hacía una foto potente, se beneficiaría a sí mismo, pero también ampliaría la sensibilidad de los seres humanos en lugares lejanos y tranquilos, despertando en ellos aquella compasión -precisamente- que en él estaba necesariamente adormecida.
Por eso no hizo nada para ayudar a la niña. Porque si la hubiera ayudado, no habría podido hacer la foto. Porque había llegado al límite de sus posibilidades.
El problema era que la gente normal, empezando por su propia familia, no lo entendía. Fuera donde fuera, le hacían la misma pregunta. “Y después, ¿ayudaste a la niña?”. Se convirtió en un agobio, una pesadilla. Los únicos que no le hacían la pregunta, porque para ellos no era necesario hacerla, eran los amigos del Bang Bang Club.
En abril de 1994 le llamaron desde Nueva York para decirle que había ganado el Pulitzer. Seis días después, su mejor amigo, Ken Oosterbroek, murió en un tiroteo en Tokoza. Toda la emoción reprimida a lo largo de cuatro años salvajes explotó. Carter se quedó destruido. Lloró como nunca y lamentó amargamente que la bala no hubiera sido para él.
El mes siguiente voló a Nueva York, recibió el premio, se emborrachó, incluso más de lo habitual, y volvió a casa. La guerra se había terminado. Mandela era presidente. Suráfrica tuvo su final feliz, pero la vida de Carter dejó de tener mucho sentido. Quizá en parte porque el peligro de la guerra había sido su droga más potente, la que le había creado mayor adicción. Siguió trabajando, pero, perseguido por la muerte de su amigo y -ahora que se había quitado la coraza- la angustia moral retrospectiva de la escena con la niña sudanesa, se hundió en una profunda depresión. No podía trabajar, o si lo intentaba, caía en errores absurdos. Llegaba tarde a entrevistas, perdía rollos de fotos que ya había hecho. Y tenía problemas en casa: deudas, desamor...
El 27 de julio de 1994, exactamente tres meses después de las primeras elecciones democráticas de la historia de su país, Carter se fue a la orilla de un río donde había jugado cuando era niño, antes de que supiera lo que era el apartheid, el sufrimiento, la injusticia. Y ahí, por fin, dentro de su coche, escuchando música mientras inhalaba monóxido de carbono por un tubo de goma, logró la paz, la anestesia final de la muerte.
Su nota suicida, de más de ocho páginas, decía: “Estoy deprimido, sin teléfono, sin dinero... atrapado por imágenes de asesinatos y cadáveres, furia y dolor, niños heridos o muriéndose de hambre, hombres que apretan el gatillo con alegría, policías y ejecutores... Voy a reunirme con Ken, si tengo suerte”.....
Kevin Carter fue un Malcriado más que lucho por revelar cuan turbio se ha vuelto este mundo...
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